
Compostar en casa: la guía práctica para convertir basura orgánica en abono
Redacción Abierta
Cada vez que tirás una cáscara de naranja, posos de café o hojas secas del jardín, estás descartando materia prima valiosísima. En la provincia de Neuquén, la Secretaría de Ambiente y Recursos Naturales impulsa este mes una propuesta concreta para que cualquier familia pueda transformar esos residuos cotidianos en compost, ese abono natural que las plantas agradecen y los rellenos sanitarios se ahorran.
Existen tres formas básicas de armar una compostera doméstica. La primera es con baldes o tachos, como los que sobran de cualquier obra o de pintura de pared: se perforan los laterales y la base para que circule el aire, el recipiente superior recibe los residuos y el inferior acumula el líquido resultante. La segunda opción son los cajones de verdulería apilados, una alternativa económica y muy accesible: basta con dejar ranuras para la ventilación y, si los huecos son muy grandes, se pueden cubrir con cartón o tela. La tercera —y más rústica— es directamente un pozo en la tierra de unos 50 centímetros de profundidad, donde se van enterrando los residuos y cubriendo con tierra. Simple, aunque requiere más atención.
Para quienes eligen el sistema de cajones, el proceso arranca preparando los recipientes con agujeros en base y laterales, colocando un cajón inferior sin perforaciones para capturar el líquido lixiviado. Luego se apilan los cajones superiores, se pone una capa inicial de hojas secas o tierra vieja y se empieza a cargar en capas alternadas: material verde o húmedo —frutas, verduras, yerba, café— y material marrón o seco —cartón, hojas, papel sin tinta—. La regla de oro es siempre cubrir lo húmedo con algo seco para evitar olores y ahuyentar moscas.

¿Qué va y qué no va a la compostera? Sí van: restos de frutas y verduras, cáscaras de huevo, yerba, café, té, hojas secas, pasto cortado, ramas finas, aserrín natural y papel o cartón sin tintas. No van: carnes, huesos, lácteos, aceites, comida cocida, excremento de mascotas ni ningún material plástico o sintético. Mezclar lo que no corresponde puede arruinar el proceso y generar malos olores.
Con aireado cada una o dos semanas y una proporción aproximada de dos partes de material seco por cada parte húmeda, entre cuatro y seis meses el contenido se transforma en una tierra oscura con aroma a bosque húmedo: eso es el compost listo para usar. En Neuquén capital y en toda la provincia, esta práctica cobra cada vez más sentido como respuesta concreta a la crisis de los residuos urbanos. Compostar no es una moda verde: es una decisión simple con impacto real.



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