
Atilio Alarcón: la voz del norte neuquino que pone en valor la vida criancera
Redacción Abierta
En el norte de la provincia de Neuquén, entre bardas, jarillales y caminos de arreo, creció un hombre que encontró en la música la manera más honesta de contar su mundo. Atilio Alarcón es cantor popular, criancero de alma y cronista de una ruralidad que pocas veces encuentra espacio en los escenarios. Sus cuecas y balses no son folclore de escaparate: son retratos de lo cotidiano, del barro, del frío y del trabajo silencioso que sostiene a las familias del campo neuquino.
Alarcón nació y se crió en Curaco, un paraje del norte neuquino conocido como paso de arreo, cuyo nombre en mapuzungun remite al agua que brota entre las piedras. Vino al mundo en una familia numerosa, rodeado de nueve hermanos y de una madre cantora que marcó su sensibilidad desde temprano. Fueron sus hermanos quienes lo empujaron hacia la guitarra: uno le insistió para que cantara, otro le fabricó su primer instrumento. Después llegó una guitarra de verdad, regalo de su hermana mayor con su primer sueldo de maestra, y con ella llegó también el flechazo definitivo con la música.
En esa casa del norte neuquino se escuchaba radio, se cantaba tango y chacarera, y llegaban señales de emisoras chilenas que ampliaban el horizonte sonoro de la familia. Atilio creció admirando a figuras como Atahualpa Yupanqui, de quien tomó prestada una filosofía sencilla pero poderosa: lo que importa es que la obra circule, que las canciones anden sueltas por el mundo, porque eso es lo que le da al artista una forma de permanencia.

Cada tema de Alarcón es, en sus propias palabras, un paisaje y una vivencia. Canta a las invernadas y veranadas, al trabajo del arriero, a la mujer campesina, a los animales y a los accidentes que forman parte de la rutina criancera. Uno de sus temas más recordados nació del intento de rescatar una vaca empantanada junto a un amigo, una escena que terminó con los dos cubiertos de barro y con una canción que habla de lo real sin adornos. Esa es su marca: decir las cosas como las siente, con respeto pero sin rodeos, para que su gente lo entienda.
Debutó en un salón de baile de Buta Ranquil y no tardó en llegar a la Fiesta de la Tradición de Chos Malal, donde el éxito lo convenció de que tenía algo genuino para compartir. En su memoria también habita San Eduardo, la antigua mina de asfaltita cercana a Chos Malal que hoy es sitio de ruinas y memoria, y que forma parte del paisaje histórico que nutre su imaginario. La historia del norte neuquino vive en sus versos: identidad criancera, cultura popular y territorio, todo junto en una guitarra.



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