
La veranada baja de la montaña: el otoño que mueve la memoria del norte neuquino
Redacción Abierta
No hace falta mirar el almanaque para saber que llegó el otoño en el norte neuquino. Basta con ver los primeros caballos bajar por las huellas, seguidos de chivos, ovejas, perros y jinetes. Más atrás, las familias enteras: una olla colgada en la montura, una manta al hombro, algún chico dormido arriba de una mula. Ese movimiento lento y cotidiano tiene nombre propio: el regreso de la veranada.
Durante los meses de calor, cientos de familias crianceras de Neuquén suben con sus animales a los pastizales de altura, donde el deshielo genera forraje fresco y agua abundante. Allí pasan el verano. Pero con las primeras nevadas y los caminos que empiezan a cerrarse, hay que bajar. El regreso puede durar días, según la distancia, el clima y la cantidad de hacienda. En el trayecto hay alojos, corrales y refugios donde el mate, el pan casero y el fuego hacen de pausa antes de seguir.
Este movimiento no es solo logística ganadera: es una escena que se repite desde hace generaciones y que forma parte de la identidad más profunda de la provincia de Neuquén. Hay familias que conocen esas huellas de memoria, que saben dónde hay agua, dónde conviene hacer noche y dónde el viento golpea más fuerte. Un saber acumulado que no está en ningún manual y que se transmite de padres a hijos en cada arreo.

La provincia acompaña esta tradición con obras concretas en los caminos de arreo del Alto Neuquén: refugios, corrales, aguadas, cargaderos, alambrados y pasarelas que facilitan el paso seguro de animales y personas. Además, existe un marco legal que protege este modo de vida: la normativa provincial garantiza a las familias crianceras el derecho a circular entre las zonas de veranada e invernada, resguardando las huellas históricas de arreo.
De todo ese recorrido nace también el chivito criollo del norte neuquino, reconocido en todo el país por su calidad y su denominación de origen. Detrás de ese producto hay pasturas de altura, vertientes de agua pura y días enteros de caminata respetando el ritmo de las estaciones. Cuando los arreos vuelven a bajar, no solo se mueve el ganado: se mueve una parte viva de la historia de Neuquén, hecha de barro, campanas, huellas y familias que siguen eligiendo este modo de vida frente a cada otoño que llega.



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